La pedagogía del esfuerzo

Es este un tema que está cobrando especial relevancia en el ámbito educativo. La palabra en sí tiene un significado inequívoco, pero donde encontramos la mayor dificultad para entender lo que exige este tipo de pedagogía es, como siempre, de qué manera se interpreta la palabra “esfuerzo”. Resumirla en el tópico de “querer es poder” es un error; y pensar que aplicando mayor esfuerzo obtendremos mejores resultados es en muchos casos una equivocación.

Muchos “adultos” piensan que todos los jóvenes son vagos y ven en esta teoría del esfuerzo la solución a problemas como el fracaso escolar o la mejora de nuestros resultados en las pruebas PISA. no seré yo quien reniegue del esfuerzo, pero lo interpreto con matices.

Debemos dotar a ese esfuerzo de un sentido o finalidad, el esfuerzo “per se” no lleva a ningún sitio.

Hace algún tiempo, Mariano Rajoy sufrió un lapsus al responder a una pregunta de una joven sobre las expectativas de futuro para los estudiantes. Mariano hizo que rebuscaba entre sus papeles y al no encontrar el que buscaba se excusó diciendo que no sabía dónde lo había echado pero que traerlo lo traía. Si le hubiese sucedido como alumno ningún profesor se hubiera tragado el “me he dejado los deberes en casa”. Pero bueno, a lo que vamos, la respuesta del ínclito Mariano fue: “Tú estudia mucho, vive mucho y verás como tienes oportunidades”. Algunos llaman a esto demagogia, en mi pueblo lo llamamos “buñuelo de viento”, algo con una hermosa apariencia que oculta el vacío que hay dentro.

Esa cita marianil, digna del gran “Pero Grullo” me pareció resumir esa doctrina del mérito, la excelencia y el esfuerzo que muchos utilizan sin más, sin ahondar en lo que puede o debe significar.

Me pareció, entonces, buena idea sacar a pasear a uno de mis héroes favoritos para que explicase los engaños y pantomimas de la “pedagogía del esfuerzo” mal entendida. Siempre he admirado a Cervantes por su utilización del lenguaje, pero cuando te propones imitarlo lo admiras mucho más.

De cómo Don quijote explica a Sancho la inutilidad del esfuerzo sin finalidad y de los múltiples engaños que los hombres hacen dello.

Mediaba ya la mañana en la que por ventura don Quijote y Sancho habían abandonado la venta de sus quebrantos, y como quiera que por las muchas leguas recorridas o por los calores que en tan amplia llanura había comenzaba Sancho a resoplar y a sudar como si de la fuente de los ocho caños de Aldeanueva se tratara, preguntó a don Quijote por la largura del camino.

- Mirad, mi señor, que larga me está viniendo la jornada y, si no tomamos descanso, ni mi rucio ni yo sabremos llegar al fin de la mesma, pues entre el poco comer y el mucho caminar, comienzan a venirme ciertos vahídos que requieren de mí grande esfuerzo para continuar.

- Grande es la palabra que utilizáis mi buen Sancho y no pocos en estas tierras han de desconocer lo que la tal dicha palabra representa.

- ¿Refiérese mi señor a vahídos o a esfuerzo? que para mí no son una sin la otra y a más es la segunda, causa de la primera.

- Háblote de la segunda, porque aunque muchos yerran en el sentido de la primera, no osan a utilizarla tan larga y desatinadamente como la segunda. El esfuerzo, Sancho, es materia de profundo estudio y aún más de extraño discernimiento, pues cada uno juzga a éste de diferente manera y concédele desigual valor y estima. Has de saber que en esa primera parte de mis aventuras, atrevíanse a llamarme caballero esforzado por mi empeño y denuedo en acometer las grandes empresas que Fortuna pone en mi camino, y a fe mía que no les falta razón, pues algunas requieren tanto o más que los doce trabajos de Hércules o los de Persiles y Segismunda. Pero observa, Sancho, que no todos los esfuerzos son igualados ni pueden hacer semejantes a los hombres que los desempeñan.

- Pero mi señor ¿no es acaso cierto que si los hombres se esfuerzan recibirán amplias recompensas por ello?

- La fortuna y la vida, mi fiel escudero, no paga con igual moneda los esfuerzos de unos y otros. Recuerda lo que ya te hablé del soldado y del letrado, de cómo aquel, a pesar de sus grandes esfuerzos y quebrantos, no resulta tan bien recompensado como el letrado, que logra mayor respeto haciendo mucho menos.

- ¿Acaso no se halla justicia en el esfuerzo?

- La justicia, amigo Sancho, es íntegra y auxilia siempre a los débiles, pero la ley es tornadiza, esquiva y han muchos que hacen uso della de un modo que a la propia justicia ofende. Toda justicia, como ya te dije, parte del conocimiento de uno mismo, que es difícil conocimiento, pues muchos creen conocerse pero déjanse seducir por las mangas que magros beneficios les otorgan, con lo que su visión del bien y del mal trocan como doncella veleidosa si por la codicia son tentados.

- Entonces, mi señor, ¿debe el hombre esforzarse o no?

- Muchos ven en el esfuerzo el bálsamo de Fierabrás, y cuan si fueran galenos afamados, recetan para cualquier desatino grande reción de él sin afondar en las causas o el porqué, como cuando aplican sangrías para todo, que las más de las veces mayor es el mal que tal remedio causa pretendiendo sanar, y debilita más que fortalece.

- Pensaba yo, señor, que, esforzándose sobremanera, puede el hombre alcanzar todo aquello que se proponga pues todos reconocen el valor de hacer lo que mucho cuesta.

- Errado vais mi buen Sancho, que aquello de querer es poder no es sino una verdad a medias, pues en empresas importantes las más de las veces quien quiere no puede y quien puede no quiere, aunque, como ya te he dicho, muchos han que encuentran en esta prédica la caña y la zanahoria con la que engañan al asno. No ha mucho, amigo Sancho, tuve gran encuentro con un afamado caballero con quien entablé larga conversación, que no combate, por ser el dicho caballero perro viejo, y bien sabes, Sancho, que a perros viejos no hay tus tus. Llamábase don Jesús de Mudarra, perro viejo como comenté y aún intuyo que arábigo. Refiriome la historia de cierto pariente suyo que amostraba cada día duro empeño en dar empellones férreos con el pie a una pared medio vencida que encontraba en su camino. Ardua fue la tarea, y al cabo de mucho tiempo, no logró moverla ni una meaja. He aquí, Sancho, como no por el mucho esfuerzo consíguese la meta y aún menos la fama.

- Perdone vuestra merced, pero la empresa paréceme tan esquiva como la suya con aquellos gigantes que a mí parecíanme molinos de viento y, que a pesar de ser muchos los esfuerzos, no pudo doblegarlos como pretendía.

- Al caso viene para la probatura de lo que estamos hablando; si el mucho esfuerzo no encuentra recompensa, hácenos pensar que todo cuanto acometimos iba errado y echado hemos a perder el tiempo y las energías puesto que nos hallamos en el mesmo punto del que partimos. Dícese que lo que mucho cuesta poco se estima, pero dígote, Sancho, que lo que mucho cuesta, si acaba en nada, se estima peor. Ve pues, mi buen escudero, cuan incierto es el beneficio del esfuerzo y cuan inútil es aqueste cuando el fin que persigue es peregrino.

- Veo, señor, que agora estoy más turbado que denantes y ya no intuyo si debo ser esforzado o no.

- Tente en buenas y no te dejes caer, que en verdad antes de acabar la jornada, acabará el discurso y claro tendrás lo que ahora se te oculta. Entiende que el esfuerzo sólo es aconsejable cuando tenemos claro el horizonte al que dirigir nuestros pasos. Ese camino debe ser cierto y recorrerse a pie enjuto, que fatigoso es el sendero anegado y sin rumbo; y si mucho caminas sin puerto al que llegar, pararás a mitad y verás cuan vacua es la ornada. Avisa que sólo mientras se gana algo no se pierde nada. Ea pues, y no confíes en que,  acabados los esfuerzos, seas más en paz y sosiego; si no, recuerda aquellos galeotes que iban obligados a realizar trabajos esforzados en las gurapas de su majestad. ¿Crees acaso, Sancho, que, una vez terminadas sus condenas, saldrán más calmados y satisfechos por haberse esforzado en los remos durante años, o por contra apoderárase dellos la saña y la desconfianza del mundo? A fe mía que no desaparecerían sus cuitas ni menguaría su  rencor que si fuere grande, a fuerza de años de remo, sería mayor, pues el esfuerzo por la fuerza es barbaridad tamaña y no es esfuerzo sino castigo. Sean así el por qué y el para qué las primeras cosas que han de conocerse como si del horizonte se tratara y la energía para emprender el esfuerzo, que es el camino. No sean los unos sin el otro ni el otro sin los unos, pues sólo los primeros hacen útil al segundo. Sábete, Sancho, cuidar de no caer en yerro con las palabras que pronuncian ciertos gobernadores, letrados, falsos galenos y otros malandrines que no son sino seguidores de aquel celebre Frestón, pródigo en engaños y encantamientos. No fíes de quien te pida esfuerzo sin aclarar los fines, pues podría acontecerte que te hallares como el asno en la noria, dando vueltas sin descanso para no avanzar por lo derecho ni un palmo, y no consiguiendo más que seguir siendo tú más asnado y el malandrín más afamado. Huye, mi buen Sancho, de palabras lisonjeras de tamaños embaucadores que, como te he dicho, son muchos los que provecho sacan del esfuerzo ajeno y a más, muy diversos: principales y los no tanto, pero que secundan a aquellos de tal maña que dicen lo mesmo, y es que si si bien canta el abad, no le va en zaga el monecillo. No los creas cuando encanten tus sesos con la prédica de que ambos sois iguales porque no es cierto; si el cántaro da en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro. Aquellos no pretenden sino que todo siga su igual cauce para ellos vivir siempre según sus órdenes; que bien predica quien bien vive y serán para ellos las sopas y para ti el rechinar de dientes. Por tanto, entiende Sancho que de nada sirve el esfuerzo si no está claro el fin.

Llegaron caballero y escudero a un vado nemoroso en el que parecioles de acomodo para pasar la noche bajo la luna y las estrellas. Y así deleitándose en la bóveda celeste se aprestaron a descansar. El día siguiente sería otro y tal vez la ventura les trajese más placer.

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