Pequeñas competencias III

Utilizar el error

Qué gran inseguridad proporciona el miedo a equivocarse. La sensación de desamparo causada por el “¿será esto o no?” agarrota el pensamiento y merma la capacidad de razonar. Cómo cambiarían las cosas si ante una respuesta errónea, en vez de sacar el bolígrafo y anotar si más un negativo, dejásemos todo y le hiciésemos al alumno la pregunta: “¿Por qué no puede ser lo que has dicho o lo que has hecho?”; y pasásemos a discutir y argumentar con él lo erróneo de su respuesta, hacerle descubrir que está equivocado y ayudarle a subsanar su error.

No acierto a comprender qué prisa tenemos por despachar de manera destemplada al que no ha sido capaz de dar con la repuesta que queremos escuchar aunque haya tenido el arrojo de intentarlo. La equivocación de un alumno puede estar motivada por innumerables factores que no tienen por que ser siempre la falta de conocimientos. Es posible que la causa sea ese temor a la repercusión de su fallo en la nota, un despiste, una ligera falta de comprensión, un desamor o mil cosas completamente subsanables. Esa segunda oportunidad, ese “ánimo que tú puedes”, ese “todos cometemos errores” benefician el descubrimiento.

Tantas veces dejamos esto a un lado, que dividimos el mundo en dos “razas”: los que se equivocan (aunque sólo sea de vez en cuando) y los “perfectos” (nunca se equivocan). Siempre me ha molestado la simpleza de asociar “buenas notas”=”buen estudiante” y poer ende persona de provecho; “malas notas”=desastre o “desperdicio”, como si el ser humano sólo tuviese una dimensión. ¿Dónde está la excelencia? o, mejor dicho, ¿dónde la ponemos? ¿Quién asegura que la vara de medir las potencialidades que utilizamos es la correcta? No creo que nos sea extraña esa situación en la que por miedo a equivocarnos no damos la respuesta que estábamos pensando y descubrimos tristemente que era la acertada; nuestras ilusiones se alejan como un barco en la niebla. A ciertas edades no nos consuela saber que, a pesar de todo, teníamos razón y sólo nos queda el desconsuelo por la ocasión perdida.

La penalización, por sistema, del error no favorece a la autoconfianza. Qué daño hace a la autoestima y al esfuerzo el castigo por el error. ¿Quién nos ha investido como “perfectos”?

Sólo pido que, como educador, nunca caiga en la tentación de penalizar los errores o de no conceder las oportunidades que sean necesarias; así como que se me otorgue la sabiduría necesaria para iluminar caminos hacia el conocimiento.

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