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Pequeñas Competencias Docentes VI

Cultivar la paciencia.

Muchas veces he escuchado que la paciencia debe ser una virtud del educador, y estoy de acuerdo. Debemos incluirla dentro de nuestro saco de competencias docentes. La paciencia hace más soportable nuestra tarea cuando surgen los problemas que nos llevan al desánimo, a la impotencia o al oscurecimiento del horizonte.

Cuando el otro día un alumno propuso “abandonar” el libro para trabajar conceptos más interesantes y dejar los que llevaban estudiando desde hacía tres años, mi corazón dio un vuelco y se alegró de que surgiera de ellos una propuesta innovadora: querían aprender.
Nos enfrascamos en subtitular vídeos para practicar la narración y el estilo directo. El resultado fue estremecedoramente maravilloso. Todo lo sembrado el año anterior germinaba como productos creativos.

No creo que la paciencia venga por inspiración divina ni por algún gen que desarrollemos los docentes. La paciencia no existe por sí misma, es algo que nace de la confianza, una semilla que debemos cultivar para que crezca, porque lo maravilloso es que no se gasta ni desaparece, sólo se deteriora cuando la planta de la que nace, la confianza, se seca. Perder la paciencia es perder la confianza, la confianza en nuestra labor y en los que reciben lo que hacemos. Confiar en nuestros alumnos y en sus capacidades para mejorarla realidad que nos rodea, nos otorga la esperanza necesaria para que no se marchite la ilusión de cambiar el mundo. Así pues, el origen de todo es la esperanza. La llama de ésta alumbra la confianza y así hacemos crecer la paciencia que se alegra con la posibilidad de ver llegar aquello en lo que creemos. Parece que esta reflexión nos llama a ser pacientes, pero jugando con las palabras y los conceptos lingüísticos (sujeto paciente = sujeto pasivo = recibe la acción), lo que sugiero es un cambio de paradigma, debemos ser agentes (sujeto agente = realiza la acción) porque la paciencia sin confianza y sin esperanza no nos conduce a nada. Éstas son los motores que deben empujar nuestros pasos.

Creo que me ha salido una reflexión “pelín” filosófica, pero quería decir que cuando leo cosas en facebook o muchos de los tuit en los que se atisba la esperanza, me contagio y siento que la confianza y la paciencia florecen.

¿Por qué mi avatar es Jack Sparrow?

Hace poco me decía una amiga que con esa imagen en facebook no iba ligar nada, peor sería poner la de verdad. Realmente no lo elegí yo, lo colocó mi compañera utilizando el dibujo que hizo uno de mis hijos, eso le confiere un carácter personal y afectivo importante.

El personaje en sí me gusta. Es un antihéroe, nunca sabes si es valiente o cobarde porque alterna ambos registros, las huidas más indignas junto a las hazañas más generosas y audaces. Es partidario de la negociación antes que del enfrentamiento. Está a favor de la no violencia en un entorno descaradamente violento. Pero sin duda, una de las cosas que más me atraen de él es su brújula. Una brújula que no señala el norte con lo que pasa a ser el hazmerreir del gremio no sólo de piratas, sino de navegantes en general. Puede parecernos un joven sin rumbo, pero lo curioso es que la brújula no está estropeada sino que marca la dirección de lo que realmente desea, su meta, sus sueños.

Jack sabe priorizar lo que en cada momento es importante aunque sus acciones resulten incomprensibles para los que le rodean. Vemos en él una ingente dosis de imaginación para buscar caminos poco corrientes, para encontrar salidas que parecen imposibles y generosidad para ceder los objetos que tan afanosamente consigue a otros que los necesitan más que él. Cae antipático al resto de piratas porque desentona en tan aguerrido grupo.

Creo que los jóvenes de hoy, esa generación Y poseen el mismo tipo de brújulas y nosotros los definimos como “desnortados” porque no atisbamos su norte que creemos equivocado simplemente por desconocimiento o porque no coincide con el que este sistema considera correcto.

Espero que de estas generaciones salgan piratas como Jack Sparrow, de los otros ya hay bastantes el la política, la banca o copando y presidiendo juntas de accionistas.

Pequeñas competencias docentes IV

Educar para el éxito.

Hace unos días escuché una entrevista a Santi Balmes, componente de “Love of lesbians”, y esculpió una frase antológica: “No nos educan para el éxito”. Fue como un relámpago que iluminó mi cerebro. ¿Cómo que no te educan para el éxito?, todas las intervenciones de los representantes educativos defienden que ése es el camino por el que apuestan: “preparar a los jóvenes para alcanzar el éxito personal en sus vidas”. He escuchado, y escucho, que la escuela es una preparación para la vida en la jungla que les espera fuera de ella. Desde esa premisa se insta a los alumnos al esfuerzo, al sacrificio y al desarrollo de estrategias que harán de ellos especímenes fuertes capaces de vencer a los múltiples enemigos que tratarán de hacerles caer. Pero, realmente, ¿qué es el éxito?, convendría redefinir ese concepto porque no tenemos una idea común e inequívoca.

La sociedad nos ofrece distintos tipos de personas de éxito: deportistas, actores, actrices y sobre todo los más populares, por un lado cantantes “operación triunfo”, grandes hermanos y estrella de la prensa rosa, y por otro políticos, grandes empresarios, banqueros y gente de buen vivir; unos carecen de trascendencia y otros de moral, con lo que tenemos prototipos o ideales de triunfadores inservibles. Así pues, ¿para qué tipo de éxito hay que educar?, ¿para alcanzar un status elevado similar al de los arquetipos que nos proponen, cueste lo que cueste y sin reparar en los medios utilizados para conseguirlo?, ¿para escalar sin misericordia ni piedad a lo más alto de la pirámide a cualquier precio?

En una de mis últimas tutorías comentaba a una madre lo contento que estaba con su hijo porque, aparte de ser responsable y buen estudiante, era noble y generoso pues ponía a disposición de sus compañeros (EDMODO) los esquemas y resúmenes que se preparaba para las asignaturas. La madre le disculpaba con el consabido: “Si es que de tan bueno que es, parece tonto”, a lo que añadió: “Bueno, ya le enseñará la vida…”. Le enseñará ¿a qué…..?, ¿a ser egoísta?, ¿a pensar que debe guardarse la cosas para que nadie pueda adelantarle en la carrera hacia el éxito?

Lo único que se me ocurrió contestarle fue si no sería conveniente educar a su hijo y a los de los demás para que fuesen capaces de cambiar “esa vida” y no para aceptar que esta les cambie a ellos. El verdadero éxito personal será completo cuando aporte algo beneficioso a los demás. ¿Por qué a veces nos cuesta tanto aprender de los alumnos que el éxito se haya en afrontar la vida con actitudes más sanas que las que nos propone el sistema?

Pequeñas competencias III

Utilizar el error

Qué gran inseguridad proporciona el miedo a equivocarse. La sensación de desamparo causada por el “¿será esto o no?” agarrota el pensamiento y merma la capacidad de razonar. Cómo cambiarían las cosas si ante una respuesta errónea, en vez de sacar el bolígrafo y anotar si más un negativo, dejásemos todo y le hiciésemos al alumno la pregunta: “¿Por qué no puede ser lo que has dicho o lo que has hecho?”; y pasásemos a discutir y argumentar con él lo erróneo de su respuesta, hacerle descubrir que está equivocado y ayudarle a subsanar su error.

No acierto a comprender qué prisa tenemos por despachar de manera destemplada al que no ha sido capaz de dar con la repuesta que queremos escuchar aunque haya tenido el arrojo de intentarlo. La equivocación de un alumno puede estar motivada por innumerables factores que no tienen por que ser siempre la falta de conocimientos. Es posible que la causa sea ese temor a la repercusión de su fallo en la nota, un despiste, una ligera falta de comprensión, un desamor o mil cosas completamente subsanables. Esa segunda oportunidad, ese “ánimo que tú puedes”, ese “todos cometemos errores” benefician el descubrimiento.

Tantas veces dejamos esto a un lado, que dividimos el mundo en dos “razas”: los que se equivocan (aunque sólo sea de vez en cuando) y los “perfectos” (nunca se equivocan). Siempre me ha molestado la simpleza de asociar “buenas notas”=”buen estudiante” y poer ende persona de provecho; “malas notas”=desastre o “desperdicio”, como si el ser humano sólo tuviese una dimensión. ¿Dónde está la excelencia? o, mejor dicho, ¿dónde la ponemos? ¿Quién asegura que la vara de medir las potencialidades que utilizamos es la correcta? No creo que nos sea extraña esa situación en la que por miedo a equivocarnos no damos la respuesta que estábamos pensando y descubrimos tristemente que era la acertada; nuestras ilusiones se alejan como un barco en la niebla. A ciertas edades no nos consuela saber que, a pesar de todo, teníamos razón y sólo nos queda el desconsuelo por la ocasión perdida.

La penalización, por sistema, del error no favorece a la autoconfianza. Qué daño hace a la autoestima y al esfuerzo el castigo por el error. ¿Quién nos ha investido como “perfectos”?

Sólo pido que, como educador, nunca caiga en la tentación de penalizar los errores o de no conceder las oportunidades que sean necesarias; así como que se me otorgue la sabiduría necesaria para iluminar caminos hacia el conocimiento.

Pequeñas competencias docentes II

Sentido del humor

Todos los días a las ocho y media, los alumnos enfilan las escaleras para subir a las aulas, el paso cansino y el sueño en los párpados. Dar los buenos días procurando acompañar el saludo con una sonrisa es una buena costumbre. Soltarles un comentario divertido o gastarles una pequeña broma no quitan el desasosiego por la larga jornada que les aguarda, pero pueden cambiar su disposición para afrontarla.

Propone Gema algo tan simple y maravilloso como el “derecho a una sonrisa diaria” …por lo menos, apostillo. ¿Dónde dejamos el humor cuando atravesamos la puerta del aula? Es cierto que los contenidos y la exigencia del programa son algo muy serio, pero ¿qué lingüista ha decidido que “serio” y “triste” son sinónimos? Si un educador no se ríe con sus alumnos, desperdicia miserablemente una de las herramientas más efectivas para crear un clima idóneo de aprendizaje. A ningún agricultor con algo de sentido se le ocurre sembrar trigo sin hacer a la tierra apta para ello. Prepara el suelo, lo cuida y cuando está listo y llega el momento esparce las semillas que anhela que crezcan.

El sentido del humor no es sólo acondicionar la tierra, también es regar de vez en cuando para que todo se desarrolle de la mejor manera posible. ¿Cómo puede alguien pasarse las horas, los días, meses y años sin esbozar una sonrisa en el aula? Desdeñar esta esta capacidad por el miedo a perder “autoridad” es condenarnos y condenar a nuestros alumnos al aburrimiento, el hastío y la mediocridad.

Pequeñas competencias docentes I

Saber escuchar.

Creo que recuerdo a todos los profesores que me han dado clase, a algunos con más cariño que a otros, para que lo vamos a negar.

Analizando la verdadera causa de ese cariño descubro que no es otra que la capacidad de escuchar. No digo que sólo se dedicasen a escuchar, pero sí que te hacían sentir que podías confiar en que en cualquier momento que lo necesitases abrían sus oídos a lo que quisieras expresar. Ahora que la economía y sus aspectos se han adueñado de nuestras vidas, se me aparece como maravillosa metáfora “la confianza de los mercados” y “el acceso al crédito” que atesoraban aquellos docentes. Hacían que tu corazón y tu mente se abriesen a ellos con la seguridad de que te facilitarían de sus fondos pedagógicos el capital suficiente para seguir o reorientar tu camino y todo ello a un interés desinteresado y con la única condición de hacer buen uso de dichos fondos. Eso sí que eran fondos estructurales porque cimentaban tu personalidad, tu fortaleza de ánimo y la esperanza de que eras capaz de ser dueño de tu destino.

La capacidad de escucha se manifiesta de múltiples formas y es más una actitud ante los alumnos que un concepto; parte del corazón y no tanto del entendimiento, se plasma en la comprensión de las miradas y en la siembra de la empatía.

Cuando un profesor es capaz de dar respuesta, casi telepática, a la pregunta que tu mente estaba fraguando y todavía no habías hecho,descubrías que frente a ti había alguien que te tenía en cuenta, alguien para el que significabas mucho.

Es primavera.

Un sol de colores

Hace poco me llegó este vídeo vía facebook y la verdad es que no me sorprendieron para nada ni los resultados ni el final ¿y a ti?

Imagen de previsualización de YouTube

Desde mi punto de vista y experiencia, creo que los chavales (de 0 a 100 años) tenemos gran capacidad creativa pero nos la limitan desde bien pequeños.

Muchas de las situaciones de aprendizaje que les planteamos se centran en el “hacer” estupendo! Pero si les guiamos, malo, porque no les dejamos hacerlo de forma creativa, distinta, diferente… y si no les guiamos malo también porque se sienten perdidos y al final dejan de “hacer” para reproducir lo que les hemos pedido que “hagan”.

Esto realmente es una contradicción. Nacemos espontáneos, frescos, naturales,… preguntamos, hacemos, actuamos…. sin miedos y sin tapujos porque nos sentimos libres y sin presiones con muchas ganas de aprender y disfrutamos con ello. Poco a poco nos van conduciendo a un redil en donde todos somos iguales y hacemos todo de la misma manera. Hemos confundido los límites, las normas y las reglas con patrones de conducta y desempeño inquebrantables para que luego la sociedad nos exija ser creativos e innovadores.

Creo que deshacer algo innato para luego volver a forzarlo rodeado de inseguridades y prejuicios no tiene sentido. ¿Por qué el sol tiene que ser siempre amarillo? ¿No adquiere distintas tonalidades según el momento del día? ¿Qué pensaría J. Miró de esto?

http://fundaciomiro-bcn.org/coleccio_obra.php?obra=645&idioma=6

Personaje delante del sol (J. Miró 1968)

¿Por qué no ayudamos a nuestro alumnado a ser distintos y a quererse por ello con criterios coherentes acordes a nuestra misión dentro de la escuela?

Yo pediría, si me lo permitís, que nos dejáramos de excusas y miedos y seamos responsables con nuestra profesión. :-)

Treinta y dos motivos para la esperanza

El día después del anuncio de los recortes en educación (como me duele tener razón cuando escribí lo de los recortes en la enseñanza), entré en el aula con una gran dosis de desesperanza (y esta vez no era el chiste que siempre hago “Desesperanza Aguirre”). Los treinta y un alumnos de mi clase de lengua estaban distribuidos por grupos para enfrentarse a una actividad colaborativa: resolver el acertijo de Einstein. Dicté el enigma con desgana. Se enfrascaron los chicos en la actividad con sus murmullos, comentarios, discusiones, y yo estaba como ausente, que diría Neruda. Me imaginaba ese espacio en el que laboraban, con diez alumnos más; ¿dónde los iba a meter?, ¿cómo los iba a atender?. No dejaba de pensar que serán demasiados, que no podré distribuirlos por grupos porque no tenemos espacio. En ese momento no echaba de menos los ordenadores en las aulas, las pizarras digitales y otras muchas cosas que habíamos estado solicitando, lo único que anhelaba eran metros cuadrados. La esperanza se me escapaba a borbotones, después de casi treinta años en esto y me veía como al principio. Los alumnos seguían a lo suyo y yo rumiaba mi decaimiento. Recordaba los avances que aunque pequeños me habían ido animando y fue entre ellos donde encontré un motivo esperanzador al que aferrarme: “la ilusión”, en mi memoria aparecieron la energía, las ganas de luchar por el modelo educativo en el que creía, la creatividad para resolver las carencias y problemas que se me presentaban, la ética profesional y todo el empeño por llevar a cabo las ideas que me trajeron a dedicarme a esto. Comencé a recoger las conclusiones de los alumnos y a debatirlas con ellos. Participaban, buscaban soluciones, argumentaban y sobre todo sonreían. Me di cuenta de que habían sido felices desarrollando la deducción lógica, aprendiendo a leer y extraer información para utilizarla en la resolución del enigma; y me enseñaron a descubrir que esas cuatro paredes encerraban un mundo compuesto por treinta y dos mundos diferentes que disfrutaban pensando y aprendiendo juntos. Terminé feliz porque encontré treinta y un motivos tan grandes para la esperanza que todo lo demás me pareció una nadería. Por cierto, resolvimos el acertijo de Eistein.

La pedagogía del esfuerzo

Es este un tema que está cobrando especial relevancia en el ámbito educativo. La palabra en sí tiene un significado inequívoco, pero donde encontramos la mayor dificultad para entender lo que exige este tipo de pedagogía es, como siempre, de qué manera se interpreta la palabra “esfuerzo”. Resumirla en el tópico de “querer es poder” es un error; y pensar que aplicando mayor esfuerzo obtendremos mejores resultados es en muchos casos una equivocación.

Muchos “adultos” piensan que todos los jóvenes son vagos y ven en esta teoría del esfuerzo la solución a problemas como el fracaso escolar o la mejora de nuestros resultados en las pruebas PISA. no seré yo quien reniegue del esfuerzo, pero lo interpreto con matices.

Debemos dotar a ese esfuerzo de un sentido o finalidad, el esfuerzo “per se” no lleva a ningún sitio.

Hace algún tiempo, Mariano Rajoy sufrió un lapsus al responder a una pregunta de una joven sobre las expectativas de futuro para los estudiantes. Mariano hizo que rebuscaba entre sus papeles y al no encontrar el que buscaba se excusó diciendo que no sabía dónde lo había echado pero que traerlo lo traía. Si le hubiese sucedido como alumno ningún profesor se hubiera tragado el “me he dejado los deberes en casa”. Pero bueno, a lo que vamos, la respuesta del ínclito Mariano fue: “Tú estudia mucho, vive mucho y verás como tienes oportunidades”. Algunos llaman a esto demagogia, en mi pueblo lo llamamos “buñuelo de viento”, algo con una hermosa apariencia que oculta el vacío que hay dentro.

Esa cita marianil, digna del gran “Pero Grullo” me pareció resumir esa doctrina del mérito, la excelencia y el esfuerzo que muchos utilizan sin más, sin ahondar en lo que puede o debe significar.

Me pareció, entonces, buena idea sacar a pasear a uno de mis héroes favoritos para que explicase los engaños y pantomimas de la “pedagogía del esfuerzo” mal entendida. Siempre he admirado a Cervantes por su utilización del lenguaje, pero cuando te propones imitarlo lo admiras mucho más.

De cómo Don quijote explica a Sancho la inutilidad del esfuerzo sin finalidad y de los múltiples engaños que los hombres hacen dello.

Mediaba ya la mañana en la que por ventura don Quijote y Sancho habían abandonado la venta de sus quebrantos, y como quiera que por las muchas leguas recorridas o por los calores que en tan amplia llanura había comenzaba Sancho a resoplar y a sudar como si de la fuente de los ocho caños de Aldeanueva se tratara, preguntó a don Quijote por la largura del camino.

- Mirad, mi señor, que larga me está viniendo la jornada y, si no tomamos descanso, ni mi rucio ni yo sabremos llegar al fin de la mesma, pues entre el poco comer y el mucho caminar, comienzan a venirme ciertos vahídos que requieren de mí grande esfuerzo para continuar.

- Grande es la palabra que utilizáis mi buen Sancho y no pocos en estas tierras han de desconocer lo que la tal dicha palabra representa.

- ¿Refiérese mi señor a vahídos o a esfuerzo? que para mí no son una sin la otra y a más es la segunda, causa de la primera.

- Háblote de la segunda, porque aunque muchos yerran en el sentido de la primera, no osan a utilizarla tan larga y desatinadamente como la segunda. El esfuerzo, Sancho, es materia de profundo estudio y aún más de extraño discernimiento, pues cada uno juzga a éste de diferente manera y concédele desigual valor y estima. Has de saber que en esa primera parte de mis aventuras, atrevíanse a llamarme caballero esforzado por mi empeño y denuedo en acometer las grandes empresas que Fortuna pone en mi camino, y a fe mía que no les falta razón, pues algunas requieren tanto o más que los doce trabajos de Hércules o los de Persiles y Segismunda. Pero observa, Sancho, que no todos los esfuerzos son igualados ni pueden hacer semejantes a los hombres que los desempeñan.

- Pero mi señor ¿no es acaso cierto que si los hombres se esfuerzan recibirán amplias recompensas por ello?

- La fortuna y la vida, mi fiel escudero, no paga con igual moneda los esfuerzos de unos y otros. Recuerda lo que ya te hablé del soldado y del letrado, de cómo aquel, a pesar de sus grandes esfuerzos y quebrantos, no resulta tan bien recompensado como el letrado, que logra mayor respeto haciendo mucho menos.

- ¿Acaso no se halla justicia en el esfuerzo?

- La justicia, amigo Sancho, es íntegra y auxilia siempre a los débiles, pero la ley es tornadiza, esquiva y han muchos que hacen uso della de un modo que a la propia justicia ofende. Toda justicia, como ya te dije, parte del conocimiento de uno mismo, que es difícil conocimiento, pues muchos creen conocerse pero déjanse seducir por las mangas que magros beneficios les otorgan, con lo que su visión del bien y del mal trocan como doncella veleidosa si por la codicia son tentados.

- Entonces, mi señor, ¿debe el hombre esforzarse o no?

- Muchos ven en el esfuerzo el bálsamo de Fierabrás, y cuan si fueran galenos afamados, recetan para cualquier desatino grande reción de él sin afondar en las causas o el porqué, como cuando aplican sangrías para todo, que las más de las veces mayor es el mal que tal remedio causa pretendiendo sanar, y debilita más que fortalece.

- Pensaba yo, señor, que, esforzándose sobremanera, puede el hombre alcanzar todo aquello que se proponga pues todos reconocen el valor de hacer lo que mucho cuesta.

- Errado vais mi buen Sancho, que aquello de querer es poder no es sino una verdad a medias, pues en empresas importantes las más de las veces quien quiere no puede y quien puede no quiere, aunque, como ya te he dicho, muchos han que encuentran en esta prédica la caña y la zanahoria con la que engañan al asno. No ha mucho, amigo Sancho, tuve gran encuentro con un afamado caballero con quien entablé larga conversación, que no combate, por ser el dicho caballero perro viejo, y bien sabes, Sancho, que a perros viejos no hay tus tus. Llamábase don Jesús de Mudarra, perro viejo como comenté y aún intuyo que arábigo. Refiriome la historia de cierto pariente suyo que amostraba cada día duro empeño en dar empellones férreos con el pie a una pared medio vencida que encontraba en su camino. Ardua fue la tarea, y al cabo de mucho tiempo, no logró moverla ni una meaja. He aquí, Sancho, como no por el mucho esfuerzo consíguese la meta y aún menos la fama.

- Perdone vuestra merced, pero la empresa paréceme tan esquiva como la suya con aquellos gigantes que a mí parecíanme molinos de viento y, que a pesar de ser muchos los esfuerzos, no pudo doblegarlos como pretendía.

- Al caso viene para la probatura de lo que estamos hablando; si el mucho esfuerzo no encuentra recompensa, hácenos pensar que todo cuanto acometimos iba errado y echado hemos a perder el tiempo y las energías puesto que nos hallamos en el mesmo punto del que partimos. Dícese que lo que mucho cuesta poco se estima, pero dígote, Sancho, que lo que mucho cuesta, si acaba en nada, se estima peor. Ve pues, mi buen escudero, cuan incierto es el beneficio del esfuerzo y cuan inútil es aqueste cuando el fin que persigue es peregrino.

- Veo, señor, que agora estoy más turbado que denantes y ya no intuyo si debo ser esforzado o no.

- Tente en buenas y no te dejes caer, que en verdad antes de acabar la jornada, acabará el discurso y claro tendrás lo que ahora se te oculta. Entiende que el esfuerzo sólo es aconsejable cuando tenemos claro el horizonte al que dirigir nuestros pasos. Ese camino debe ser cierto y recorrerse a pie enjuto, que fatigoso es el sendero anegado y sin rumbo; y si mucho caminas sin puerto al que llegar, pararás a mitad y verás cuan vacua es la ornada. Avisa que sólo mientras se gana algo no se pierde nada. Ea pues, y no confíes en que,  acabados los esfuerzos, seas más en paz y sosiego; si no, recuerda aquellos galeotes que iban obligados a realizar trabajos esforzados en las gurapas de su majestad. ¿Crees acaso, Sancho, que, una vez terminadas sus condenas, saldrán más calmados y satisfechos por haberse esforzado en los remos durante años, o por contra apoderárase dellos la saña y la desconfianza del mundo? A fe mía que no desaparecerían sus cuitas ni menguaría su  rencor que si fuere grande, a fuerza de años de remo, sería mayor, pues el esfuerzo por la fuerza es barbaridad tamaña y no es esfuerzo sino castigo. Sean así el por qué y el para qué las primeras cosas que han de conocerse como si del horizonte se tratara y la energía para emprender el esfuerzo, que es el camino. No sean los unos sin el otro ni el otro sin los unos, pues sólo los primeros hacen útil al segundo. Sábete, Sancho, cuidar de no caer en yerro con las palabras que pronuncian ciertos gobernadores, letrados, falsos galenos y otros malandrines que no son sino seguidores de aquel celebre Frestón, pródigo en engaños y encantamientos. No fíes de quien te pida esfuerzo sin aclarar los fines, pues podría acontecerte que te hallares como el asno en la noria, dando vueltas sin descanso para no avanzar por lo derecho ni un palmo, y no consiguiendo más que seguir siendo tú más asnado y el malandrín más afamado. Huye, mi buen Sancho, de palabras lisonjeras de tamaños embaucadores que, como te he dicho, son muchos los que provecho sacan del esfuerzo ajeno y a más, muy diversos: principales y los no tanto, pero que secundan a aquellos de tal maña que dicen lo mesmo, y es que si si bien canta el abad, no le va en zaga el monecillo. No los creas cuando encanten tus sesos con la prédica de que ambos sois iguales porque no es cierto; si el cántaro da en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro. Aquellos no pretenden sino que todo siga su igual cauce para ellos vivir siempre según sus órdenes; que bien predica quien bien vive y serán para ellos las sopas y para ti el rechinar de dientes. Por tanto, entiende Sancho que de nada sirve el esfuerzo si no está claro el fin.

Llegaron caballero y escudero a un vado nemoroso en el que parecioles de acomodo para pasar la noche bajo la luna y las estrellas. Y así deleitándose en la bóveda celeste se aprestaron a descansar. El día siguiente sería otro y tal vez la ventura les trajese más placer.

La navidad en mi cole huele a canela /manzana

“Se dice q de tanto roce…Terminamos por parecernos  Soy extremadamente visual como mis peques autistas y tengo la nobleza de una  Rett”

Villancicos, ruido, risas, bailes, ensayos, trajes, luz purpurina, brillos, música, pegatinas, tarjetas, arte, creatividad…Locura en el cole por la llegada de la navidad.

Todos corren por los pasillos, hay actos q preparar, actividades q planificar, evaluaciones q entregar, regalos q diseñar, envolver y disfrutar, mejor lo explica mi compañera Puri PT “Con los preparativos de los “regalicos” sorpresa del día del maestro (hecho por mis alumnos), con los preparativos de la semana de la discapacidad del 28 al 2 de diciembre (murales, charlas,….), preparativos de actividades del día de la Constitución (murales por los pasillos y aulas, elaboración de cuento para los alumnos,….),sacando ideas para adornar navideñamente la clase,….No doy abasto!!!!”..Y eso  es la vida navideña en el cole, compartir sueños y deseos por y para los peques, tratar de  facilitarles el ambiente y las herramientas para q todos esos procesos de aprendizaje artísticos, plásticos y divertidos, enriquezcan sus sentidos y llenen sus corazones, fortaleciendo valores y creando sonrisas.

Las seños también lo pasamos genial, con nuestros compañeros, con nuestros peques y si tenemos suerte con sus padres.

Al final de todo, estamos agotados llega el día del acto, la emoción, la alegría, el estrés se contagian, hay una montaña rusa de emociones q nos invaden a nosotros y a nuestros pequeños artistas, pero seguro q al final todo merece la pena y el éxito es el esperado o muchas veces hasta superado.

Me encanta el ambiente navideño del cole, su aroma, el poder disfrutar y ver purpurina y sonrisas en las caritas de mis peques

Deseo una feliz navidad, un próspero año nuevo y feliz día de Reyes a mis seguid@res , ahora toca descansar y disfrutar de las fiestas, de la familia y de los amigos, una buena mantita, y una infusión con aroma y sabor a canela /manzana.