Archivo de la categoría: CD5: Educar en valores

Mi seño huele a lavanda (1 parte)

Se dice que de tanto roce…Terminamos por parecernos y siento que tengo el corazón de un Down y la metodología de trabajo de un Asperger.

Hay tanta información que nos llega, tantas innovaciones, gente tan maravillosa e inteligente, que muchas veces no sabemos cómo podemos llevar a cabo nuestro trabajo, nos preguntamos ¿Qué teoría sigo?, ¿Qué aspectos valoro?, en la red hay miles de recursos y gracias tenemos que dar por vivir en esta era de conocimiento compartido y poder llevar nuestro trabajo alrededor del mundo y conocer el de otros.

Uno de los pilares fundamentales y no me cansaré nunca de repetir es el conocer a nuestros alumnos, en educación especial por ejemplo, trabajamos mucho en base a un Dictamen, Diagnostico, Adaptaciones y muchas veces el papeleo nos consume y perdemos esa esencia tan importante que es el poder mirar más allá de los ojos de mis alumnos, tengo determinados alumnos con un diagnóstico, pero ninguno es igual otro, y eso debo respetarlo.

Durante mis años de experiencia como profe para estudiantes de educación especial en mi país natal Venezuela, recomendaba a mis alumnas desarrollar la capacidad y la intuición de un águila, es vital en nuestro trabajo y más si estamos en aulas abiertas o centros de educación especial, no podemos bajar la guardia, debemos estar alertas, no es fácil pero tampoco imposible y el tiempo y la experiencia te llevan a construir ese “sentimiento” dentro del alma y ponerlo en práctica cada día, el elegir la metodología de trabajo a utilizar cuando tenemos grupos heterogéneos y con niveles de competencia de diversos cursos, implica la misma acción, la clave está en que si conozco a mis alumnos la tarea de educarlos será mucho más fácil, he tenido alumnos que durante años no demostraron afecto, pero las seños le daban la oportunidad de brindarlo… o tenían la etiqueta “ten cuidado que muerde, ten cuidado que te agrede en el ojo con el dedo. En fin muchas situaciones que se presentan en nuestro día a día y debemos aprender a vivir con ellas.

En plan broma con mis colegas del cole les digo que debe existir un “kit” para seños de educación especial con pomadas y protección para los mordiscos, los golpes, los arañazos y las caídas, una pastillita de paciencia y fortaleza para esos días no tan buenos que tenemos dentro del aula en ocasiones, pero lo que si y estoy convencida es que al ver los logros por pequeños que sean de mis peques, mi corazón y mi alma se enriquecen y es cuando llego a casa me siento frente al ordenador a buscar recursos y planificar mis clases con mi infusión de lavanda y sonrío plácidamente.

Nubecitas de sabiduría

Fernando y la presión

La relación con Fernando no empezó con buen pie. No había química. Era ese tipo de alumno que definiríamos de “deficit atencional”. No había forma, no funcionaba ninguna estrategia. Su capacidad intelectual era directamente proporcional a su capacidad para sacarme de quicio. Sin poder evitarlo, siempre acababa desconcentrándome. Tanto él como yo cumplíamos los roles clásicos maestro-alumno, ambos pensábamos del otro que estábamos juntos para amargarnos la vida mutuamente. Cuando pensaba que, como mínimo, tendría que aguantarle dos años mi desesperación aumentaba de manera exponencial.

Cierto día que me tocaba guardia de patio, observé a Fernando dando patadas a un botellín de refresco. De las patadas pasó a los pisotones y en esto que acertó a pisar de tal manera que el tapón salió despedido alcanzando a un compañero en la espalda. El impacto fue débil. Fernando reía asombrado por su “hazaña”. Le pedí que se acercara y antes de que yo dijese nada, ya se estaba excusando con argumentos como: “ha sido sin querer”, “no le he hecho nada”….Temía la bronca o el castigo. Cuando paró de soltarme su discurso le pregunté si sabía lo que había hecho. Él no sabía a qué carta quedarse, si seguir con sus alegaciones o permanecer callado y aguantar el chaparrón. “Sabes que lo que acabas de hacer….(pausa dramática)…..demuestra un principio de la física”. Su cara era un homenaje al desconcierto. Le pedí que me mandase por correo una explicación de lo sucedido. Esa misma noche recibí un e-mail en el que Fernando explicaba lo sucedido con el botellín detallando pormenorizadamente los principios de Pascal y las teorías de Torricelli como causantes de la expulsión del tapón. Era un texto expositivo perfecto en el que defendía el empirismo como base de los principios científicos. Al día siguiente decidí saltarme un par de temas y dedicar la clase a la modalidad textual expositiva y argumentativa tomando como base la redacción de Fernando que amablemente leyó a sus compañeros.

A partir de entonces tuvimos varias charlas en el patio del recreo sobre el asunto, pero lo verdaderamente llamativo fue que el alumno díscolo se convirtió en uno de los más participativos y agradablemente inquisitivos del grupo. La relación entre los dos cobró una nueva dimensión, me convirtió en su confidente y consejero.

A veces los caminos de la empatía son inescrutables y basta un pequeño accidente o perder un instante en hablar fuera de la presión del aula para encauzar lo que en un principio parecía incontrolable.

Ortodoxia vs Heterodoxia

La escuela tiende a homogeneizar todo (vaya sentencia para empezar). Me recuerda el cuento de “Cuadradito” (“Por cuatro esquinitas de nada”)

Imagen de previsualización de YouTube

Construyen una puerta por la que sólo pueden pasar los “redonditos”. Queremos una escuela uniforme y lineal en la que la diferencia es un mal que hay que atajar. A veces hablo a mis alumnos de cómo estaba tan mal visto que alguien fuese zurdo que le obligaban de las maneras más aberrantes a utilizar únicamente la mano derecha, porque el mundo “lógico y recto” era diestro (curioso que el antónimo correcto sea “siniestro”).

No nos gustan los diferentes porque no hacen las cosas como es debido, como dios manda, como las hacemos los “normales”, los ortodoxos. Ser heterodoxo es tan atroz como ser siniestro en un mundo de diestros. Es una manera errónea de entender la igualdad. En vez de tratar a los diferentes como a sus iguales respetando sus diferencias y tratando de enriquecernos humanamente con ellas, se interpreta como conseguir que los diferente (heterodoxos) olviden lo que realmente son para igualarse a los demás (ortodoxos), “Cuadradito” debe ser “redondito” = ¿igualdad? Cuando fijamos un canon al que deben llegar todos por el mismo camino, no concedemos libertad para explorar otros senderos que pueden ser igualmente válidos e incluso más creativos.

Muchas de las innovaciones científicas, artísticas, etc. en nuestra sociedad (por no decir todas) han surgido de la heterodoxia de grandes hombres y mujeres que han sido capaces de salirse de lo establecido para encontrar otro punto de vista que ayudase a cambiar el mundo. Imaginemos que, como explica Daniel Pennac en “Mal de escuela”, pretendiésemos conseguir sólo primeros violines, se nos quedarían por el camino flautas, oboes, clarinetes, grandes músicos en potencia y, lo que es peor, nunca formaríamos ni escucharíamos una orquesta. Adiós a Bach, Mozart, Corelli y lo que más me duele…adiós a Telemann.

Imagen de previsualización de YouTube
Nos empeñamos en que los alumnos vean la realidad a través de nuestros ojos, unos ojos hartos de ver, hartos de leer, que han sufrido mucho y que están cansados. Nos asusta o disgusta ver la realidad que aparece ante sus miradas limpias, risueñas, imaginativas, creativas. No queremos interpretar dicha realidad a través de sus ojos (“¿qué sabrán ellos?”) porque nosotros, que somos más sabios y experimentados, creemos poseer la verdad. ¿Por qué nuestra realidad es la auténtica y la suya no?.

A menudo pienso en Don Quijote y me pregunto: ¿Estaba loco o era el mundo que le rodeaba el verdaderamente demente? ¿No sería que se asomó a una realidad menos triste y quiso cambiar su entorno?

Gracias por leerlo y animaos a participar.

Sensiblemente correcto

Hace unas semanas participé en un webinar sobre educación en valores (gracias Nuria). En cierto momento salió la expresión “políticamente correcto”. Creo que casi todos estábamos de acuerdo en que no es una expresión acertada y su significado tampoco. Se me ocurrió aportar la expresión “sensiblemente correcto” y como a veces suelto las cosas a “bote pronto”, siempre me queda la duda de si lo que he dicho es útil o es una majadería. En fin, que no me quedo tranquilo hasta que lo explico un poco más ampliamente. Esta moderna expresión: “políticamente correcto”, se me antoja fría, distante, no comprometida, en resumidas cuentas hipócrita. Ser políticamente correcto es guardar las apariencias y emerger siempre como alguien educado y respetuoso, sin involucrarse en nada, meramente protocolario, navegar en aguas constantemente seguras. Ponemos una sonrisa neutra y articulamos un “huum” desinteresado pero que parezca lo contrario.

Creo que la corrección en el trato debe emanar de la sensibilidad y no de la política (sé que la palabra política en este campo guarda otro significado, pero yo no he sido el primero en utilizarla y jugar con ella, así pues que se atenga a las consecuencias quien acuñó el término). La corrección estará asegurada si somos sensibles a quienes nos rodean y a sus realidades y permitimos a los demás ser sensibles a nosotros y nuestras realidades. Ser sensiblemente correctos no es lavarse las manos y quedar bien, es implicarse y comprometerse con la realidad de los demás. En educación esto es imprescindible y más cuando nos fijamos el objetivo de ayudar a los alumnos a tener sentido crítico y comprometerse con el mundo. Aquí no podemos andarnos con medias tintas. Lo políticamente correcto nos lleva a una asepsia no operativa tan insensible que somos incapaces de transmitir algo de vida. Podemos correr el riesgo de no darnos cuenta que las treinta realidades que nos observan día a día son ante todo personas y no podemos ser insensibles a las personas.

Gracias por leerlo y animaos a participar.