Archivo de la etiqueta: exámenes

Pequeñas Competencias Docentes V

Ver para creer

Hace muchos años, alrededor de unas cervezas, algunos compañeros debatíamos sobre la evaluación. En cierto momento, cuando el número de cañas ayudaba a deshinibirte y soltaba la lengua, uno de nosotros, don Domingo ahora jubilado, soltó: “yo para evaluar utilizo el ojímetro”. La ocurrencia tenía su gracia y dudo que hubiera visto la luz en cualquier reunión dentro del centro; pero, para mí, no era una afirmación baladí, tenía mucha más profundidad de la que aparentaba.

Saber mirar, la observación, es una característica imprescindible en el proceso de análisis de cualquier proyecto, sobre todo en el ámbito científico, paradigma de disciplina en la que el acierto en el método que se sigue, marca la obtención de resultados positivos.
Evaluar es principalmente – yo diría únicamente – observar, analizar y anotar lo observado; no como algo definitivo, sino como una referencia que nos ayuda a comprobar si el desarrollo de los objetivos que nos hemos marcado va bien encaminado o necesita algún reajuste. Cuando el producto que perseguimos puede observarse en su aspecto final, tenemos la certeza de que el proceso seguido ha sido el adecuado; pero en educación no podemos apreciar el aspecto final de nuestros alumnos porque nunca termina y nosotros sólo participamos en un instante del largo camino de la formación del individuo.

Lamentablemente, desechamos el “ojímetro” porque da la sensación de ser un instrumento poco fiable, alejado de la “objetividad” de la que muchos visten sus evaluaciones. No tiene cabida la subjetividad. Creo que lo que hace más acertada la evaluación es, precisamente, la subjetividad, basarte en esas impresiones que observas y que no son reguladas principalmente por el cerebro, que te llegan por la intuición, los sentimientos o las emociones. La mayoría de las pruebas de evaluación denominadas objetivas, exámenes al fin y al cabo, son verdaderamente subjetivas (ya aclararemos en otro momento los matices de la subjetividad) porque están planeadas por alguien que en un momento anímico determinado y determinante decide que ese será el ejercicio y no otro distinto. Nos proponen un sistema de evaluación que rompe el proceso natural de aprendizaje ya que las pruebas con las que se medirán los resultados están fuera de él. Además, proponen últimamente que cuanto más externas ( alejadas de la realidad de nuestros alumnos), tanto más fiables. No tienen en cuenta los diversos entornos educativos, sociales, familiares y ese sinfín de características que hacen que seamos no sólo individuos distintos, sino grupos profundamente diferenciados, y que los ” hacedores de pruebas” desconocen o no tienen en cuenta a la hora de elaborarlas.

Creo que convertirnos en observadores fiables es el camino más adecuado para evaluar correctamente, para analizar si todo en el alumno y en el grupo progresa adecuadamente hacia los objetivos que deseamos conseguir, y hagámoslo con una mirada limpia, exenta de prejuicios o valoraciones inamovibles hechas a priori que impidan que nuestros ojos vean a los alumnos como lo que son y no como lo que, equivocadamente muchas veces, creemos que son.

” Se ve que lo sabe, pero…..está suspenso”. Si hay que ver para creer y, aún viéndolo, no lo creemos, puede que estemos ciegos o que miramos desacertadamente.

Los exámenes

¿Qué sería de la enseñanza sin exámenes? Son la tortura de los alumnos y el azote vengativo de los profesores. Gracias a ellos tenemos una prueba inequívoca de la ineptitud del alumno y, por supuesto, algo con lo que acallar a los padres furibundos.
No sé qué tienen en contra de los exámenes, son todo un símbolo, la idiosincrasia de nuestro sistema educativo y el paradigma de la evaluación.

En mis tiempos de idealista y descerebrado estaba también en contra. Me parecían anacrónicos y obsoletos, pero sobre todo injustos, poco clarificadores, arbitrarios y enormemente fríos. Fue en aquellos tiempos cuando me dio por la idea creativa de corregirlos pero no poner la calificación. Los padres se rebelaron y me acusaron de no corregir correctamente (no había calificación…¡Qué horror!). Traté de convencerles de que en todos lo ejercicios había anotaciones en rojo con las respuestas correctas donde había errores; pero nada: sin nota, no había corrección. Aparte de muchas críticas también recibí algunas “advertencias”. Intento fallido.

Más adelante, con la madurez, me declaré partidario de los exámenes. Ahora me gustan, y en cuanto puedo pongo uno…o dos. Yo creo que es vicio porque me llevan un trabajo enorme. Empiezo dos semanas antes con la selección de ejercicios. Cuando falta una semana, aviso a los alumnos de la fecha (siempre una semana por medio) y les comento, con el libro delante, los puntos importantes y el tipo de ejercicios (que ya hemos practicado en clase). Esa semana la dedicamos a resolver dudas (repaso encubierto). Por fin llega el día señalado y con él la fiesta de las fotocopias, el grupo A y el grupo B, el ¿con boli o lápiz?, etc…Recojo los papeles llenos de esfuerzos y esperanzas, y me los llevo a casa. Dos días después (o más) entrego los exámenes corregidos y pasamos a la corrección comunitaria. Recojo de nuevo los papeles y empieza el verdadero trabajo duro….evaluar, evaluar mi función como profesor, averiguar cuáles han sido mis errores, qué parte de lo que hemos estudiado no he sabido transmitir, qué destrezas no he sido capaz de desarrollar, descubrir en qué he fallado y qué voy a hacer para resolver el desaguisado que haya podido causar con mi torpeza.

Y es que para mí un examen es un instrumento evaluador importantísimo para comprobar la nota que sacamos los profesores. Corregirlos no es sólo poner bien, mal o regular; es investigar por qué los alumnos no han sido capaces de sacar un diez y, sobre todo, buscar soluciones para conseguir la mejora en el próximo (no tanto suya como mía). Eso sí, ya casi siempre pongo notas, pero las hago un caso muy relativo.