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De profesores, plataformas virtuales y calculadoras científicas

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¿Cuántas veces hemos oído decir a un profesor “Sí, sí, yo utilizo mucho las TIC en mi docencia, tengo todas las presentaciones colgadas en Moodle”? Y lo mejor, ver con qué convicción siente que está participando realmente en la innovación docente. Todo es relativo y, comparado con el profesor que ni siquiera sabe qué es una plataforma virtual, pues sí, claro, es más innovador. Pero visto de una forma positiva, ¡por algo se empieza!. Lo que ocurre es que luego muchos “iniciados” en las plataformas virtuales se quedan ahí, en usar la calculadora para la suma y la resta. Unos, porque entienden que eso ya es suficiente; otros porque aunque piensan que se puede hacer más sienten cierta pereza para investigar el partido que se le puede sacar a esto. Y la prueba está en que en cuanto alguien nos explica o nos cuenta que ha hecho algo diferente (y nos evita buscar e indagar y, aparentemente, “perder el tiempo”) se abre un mundo de luz y color ante nuestros ojos: ¡la calculadora resulta que tiene más botones y funciones que puedo utilizar!. ¿O no os ha pasado alguna vez con algo?. Se me ocurrió organizar un taller en la facultad para evaluar con Moodle, que tuvo bastante éxito de asistencia. No es que yo sea una experta, pero una cierta curiosidad e inquietud por solucionar necesidades creadas y ayuda externa alguna que otra vez, me ayudan a aprender cosas nuevas día a día y decidí compartirlo con otros profesores. Al inscribirse, unos me comentaban que no sabían que se podían hacer exámenes; otros, que algo conocían, que si se podía evaluar una tarea (por ejemplo, los informes de prácticas) sin que te bloquearan el correo, etc. Y lo que muchos esperaban era una receta para evaluar, así que cuando comencé el taller diciéndoles que tenían 5 minutos para hacer un examen de 10 preguntas se quedaron perplejos, y hasta bloqueados, viendo el cronómetro cuenta atrás. Mis dos objetivos: que vieran de una pasada diferentes tipos de pregunta que podían utilizar y que íbamos a desgranar en el taller y, además, hacerles sentir el estrés de sus estudiantes frente a un examen mal planteado (falto de explicaciones, escaso de tiempo para las preguntas que incluía, etc.). ¿Sabéis qué comentaban al terminar? Cuántas cosas se podían hacer con Moodle, qué útil… Pero lo que más les había impactado era cómo se habían sentido al tener que enfrentarse al examen por sorpresa… Moraleja: ¿Seguro que sabemos usar (y bien) las herramientas? Ahí lo dejo.

Pequeñas competencias docentes II

Sentido del humor

Todos los días a las ocho y media, los alumnos enfilan las escaleras para subir a las aulas, el paso cansino y el sueño en los párpados. Dar los buenos días procurando acompañar el saludo con una sonrisa es una buena costumbre. Soltarles un comentario divertido o gastarles una pequeña broma no quitan el desasosiego por la larga jornada que les aguarda, pero pueden cambiar su disposición para afrontarla.

Propone Gema algo tan simple y maravilloso como el “derecho a una sonrisa diaria” …por lo menos, apostillo. ¿Dónde dejamos el humor cuando atravesamos la puerta del aula? Es cierto que los contenidos y la exigencia del programa son algo muy serio, pero ¿qué lingüista ha decidido que “serio” y “triste” son sinónimos? Si un educador no se ríe con sus alumnos, desperdicia miserablemente una de las herramientas más efectivas para crear un clima idóneo de aprendizaje. A ningún agricultor con algo de sentido se le ocurre sembrar trigo sin hacer a la tierra apta para ello. Prepara el suelo, lo cuida y cuando está listo y llega el momento esparce las semillas que anhela que crezcan.

El sentido del humor no es sólo acondicionar la tierra, también es regar de vez en cuando para que todo se desarrolle de la mejor manera posible. ¿Cómo puede alguien pasarse las horas, los días, meses y años sin esbozar una sonrisa en el aula? Desdeñar esta esta capacidad por el miedo a perder “autoridad” es condenarnos y condenar a nuestros alumnos al aburrimiento, el hastío y la mediocridad.

Treinta y dos motivos para la esperanza

El día después del anuncio de los recortes en educación (como me duele tener razón cuando escribí lo de los recortes en la enseñanza), entré en el aula con una gran dosis de desesperanza (y esta vez no era el chiste que siempre hago “Desesperanza Aguirre”). Los treinta y un alumnos de mi clase de lengua estaban distribuidos por grupos para enfrentarse a una actividad colaborativa: resolver el acertijo de Einstein. Dicté el enigma con desgana. Se enfrascaron los chicos en la actividad con sus murmullos, comentarios, discusiones, y yo estaba como ausente, que diría Neruda. Me imaginaba ese espacio en el que laboraban, con diez alumnos más; ¿dónde los iba a meter?, ¿cómo los iba a atender?. No dejaba de pensar que serán demasiados, que no podré distribuirlos por grupos porque no tenemos espacio. En ese momento no echaba de menos los ordenadores en las aulas, las pizarras digitales y otras muchas cosas que habíamos estado solicitando, lo único que anhelaba eran metros cuadrados. La esperanza se me escapaba a borbotones, después de casi treinta años en esto y me veía como al principio. Los alumnos seguían a lo suyo y yo rumiaba mi decaimiento. Recordaba los avances que aunque pequeños me habían ido animando y fue entre ellos donde encontré un motivo esperanzador al que aferrarme: “la ilusión”, en mi memoria aparecieron la energía, las ganas de luchar por el modelo educativo en el que creía, la creatividad para resolver las carencias y problemas que se me presentaban, la ética profesional y todo el empeño por llevar a cabo las ideas que me trajeron a dedicarme a esto. Comencé a recoger las conclusiones de los alumnos y a debatirlas con ellos. Participaban, buscaban soluciones, argumentaban y sobre todo sonreían. Me di cuenta de que habían sido felices desarrollando la deducción lógica, aprendiendo a leer y extraer información para utilizarla en la resolución del enigma; y me enseñaron a descubrir que esas cuatro paredes encerraban un mundo compuesto por treinta y dos mundos diferentes que disfrutaban pensando y aprendiendo juntos. Terminé feliz porque encontré treinta y un motivos tan grandes para la esperanza que todo lo demás me pareció una nadería. Por cierto, resolvimos el acertijo de Eistein.

Un visitante en un mundo de residentes

A veces suceden cosas que hacen crecer en uno la frustración. El inmovilismo en los centros, el conformismo con la arcaica metodología, los muros y paredes que aíslan al colegio del mundo exterior, la tristeza por vercomo un grupo de treinta adolescentes tienen que aguantar, sentados, quietos y en silencio, el pase de siete profesores distintos, con siete discursos distintos a cada cual más aburrido, día tras día. Todo ello sin tomar al asalto las aulas ni emprender una revolución de indignados. ¡Cómo podemos decir que los alumnos son malos! Me viene a la cabeza la siguiente fabulita de Monterroso:

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos”.

Pero cuando veo las inquietudes de todos vosotros, cuando os escucho en los webinars o leo cosas vuestras en las redes sociales, asiento varias veces con la cabeza y me alegro de que en la Escuela ya no se siga enseñando como antes.

Muchísimas gracias y que el 2012 sea infinitamente mejor que el 2011.

Un abrazo para todos.

Alberto.

Fernando y la presión

La relación con Fernando no empezó con buen pie. No había química. Era ese tipo de alumno que definiríamos de “deficit atencional”. No había forma, no funcionaba ninguna estrategia. Su capacidad intelectual era directamente proporcional a su capacidad para sacarme de quicio. Sin poder evitarlo, siempre acababa desconcentrándome. Tanto él como yo cumplíamos los roles clásicos maestro-alumno, ambos pensábamos del otro que estábamos juntos para amargarnos la vida mutuamente. Cuando pensaba que, como mínimo, tendría que aguantarle dos años mi desesperación aumentaba de manera exponencial.

Cierto día que me tocaba guardia de patio, observé a Fernando dando patadas a un botellín de refresco. De las patadas pasó a los pisotones y en esto que acertó a pisar de tal manera que el tapón salió despedido alcanzando a un compañero en la espalda. El impacto fue débil. Fernando reía asombrado por su “hazaña”. Le pedí que se acercara y antes de que yo dijese nada, ya se estaba excusando con argumentos como: “ha sido sin querer”, “no le he hecho nada”….Temía la bronca o el castigo. Cuando paró de soltarme su discurso le pregunté si sabía lo que había hecho. Él no sabía a qué carta quedarse, si seguir con sus alegaciones o permanecer callado y aguantar el chaparrón. “Sabes que lo que acabas de hacer….(pausa dramática)…..demuestra un principio de la física”. Su cara era un homenaje al desconcierto. Le pedí que me mandase por correo una explicación de lo sucedido. Esa misma noche recibí un e-mail en el que Fernando explicaba lo sucedido con el botellín detallando pormenorizadamente los principios de Pascal y las teorías de Torricelli como causantes de la expulsión del tapón. Era un texto expositivo perfecto en el que defendía el empirismo como base de los principios científicos. Al día siguiente decidí saltarme un par de temas y dedicar la clase a la modalidad textual expositiva y argumentativa tomando como base la redacción de Fernando que amablemente leyó a sus compañeros.

A partir de entonces tuvimos varias charlas en el patio del recreo sobre el asunto, pero lo verdaderamente llamativo fue que el alumno díscolo se convirtió en uno de los más participativos y agradablemente inquisitivos del grupo. La relación entre los dos cobró una nueva dimensión, me convirtió en su confidente y consejero.

A veces los caminos de la empatía son inescrutables y basta un pequeño accidente o perder un instante en hablar fuera de la presión del aula para encauzar lo que en un principio parecía incontrolable.

Ortodoxia vs Heterodoxia

La escuela tiende a homogeneizar todo (vaya sentencia para empezar). Me recuerda el cuento de “Cuadradito” (“Por cuatro esquinitas de nada”)

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Construyen una puerta por la que sólo pueden pasar los “redonditos”. Queremos una escuela uniforme y lineal en la que la diferencia es un mal que hay que atajar. A veces hablo a mis alumnos de cómo estaba tan mal visto que alguien fuese zurdo que le obligaban de las maneras más aberrantes a utilizar únicamente la mano derecha, porque el mundo “lógico y recto” era diestro (curioso que el antónimo correcto sea “siniestro”).

No nos gustan los diferentes porque no hacen las cosas como es debido, como dios manda, como las hacemos los “normales”, los ortodoxos. Ser heterodoxo es tan atroz como ser siniestro en un mundo de diestros. Es una manera errónea de entender la igualdad. En vez de tratar a los diferentes como a sus iguales respetando sus diferencias y tratando de enriquecernos humanamente con ellas, se interpreta como conseguir que los diferente (heterodoxos) olviden lo que realmente son para igualarse a los demás (ortodoxos), “Cuadradito” debe ser “redondito” = ¿igualdad? Cuando fijamos un canon al que deben llegar todos por el mismo camino, no concedemos libertad para explorar otros senderos que pueden ser igualmente válidos e incluso más creativos.

Muchas de las innovaciones científicas, artísticas, etc. en nuestra sociedad (por no decir todas) han surgido de la heterodoxia de grandes hombres y mujeres que han sido capaces de salirse de lo establecido para encontrar otro punto de vista que ayudase a cambiar el mundo. Imaginemos que, como explica Daniel Pennac en “Mal de escuela”, pretendiésemos conseguir sólo primeros violines, se nos quedarían por el camino flautas, oboes, clarinetes, grandes músicos en potencia y, lo que es peor, nunca formaríamos ni escucharíamos una orquesta. Adiós a Bach, Mozart, Corelli y lo que más me duele…adiós a Telemann.

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Nos empeñamos en que los alumnos vean la realidad a través de nuestros ojos, unos ojos hartos de ver, hartos de leer, que han sufrido mucho y que están cansados. Nos asusta o disgusta ver la realidad que aparece ante sus miradas limpias, risueñas, imaginativas, creativas. No queremos interpretar dicha realidad a través de sus ojos (“¿qué sabrán ellos?”) porque nosotros, que somos más sabios y experimentados, creemos poseer la verdad. ¿Por qué nuestra realidad es la auténtica y la suya no?.

A menudo pienso en Don Quijote y me pregunto: ¿Estaba loco o era el mundo que le rodeaba el verdaderamente demente? ¿No sería que se asomó a una realidad menos triste y quiso cambiar su entorno?

Gracias por leerlo y animaos a participar.